Una papa con manteca al microondas

Utilizo tanto la tecnología para cocinar esta cena miserable como cuando me urge comunicar un pensamiento. Las personas de la modernidad (excluyendo los no registrados por el imaginario colectivo) están bamboléandose hacia el futuro al ritmo de la fugacidad comunicacional que nos habita. Compartimos fotografías en redes de lo que está sucediendo en éste momento y nos las responden y comentan ya. Mañana la publicación será otra.
La tecnología que permitió a Gutenberg inventar la imprenta y volver millonario el número de lectores, se vio claramente reflejada en los modos de razonar y de concebir el conocimiento durante los siguientes siglos.
Hoy, a través de Internet, nos enteramos lo que cena el vecino, con quién sale nuestro ex, compartimos nuestra intimidad, leemos a nuestros pares, buscamos información, pagamos las cuentas, aprehendemos y construimos conocimiento en las redes; en este permanente apogeo de lo internáutico.
¿Refleja este cambio en el paradigma de la información un cambio en nuestros modos de cognición? Claro que sí. Respiramos tecnología ¿Tenemos dudas al respecto? Parece que la escuela sí le quedan.

Hace casi cuatro siglos los herederos de la cultura romana crearon el sistema escolar con el propósito de civilizar al mundo. Las escuelas como las conocemos hoy fueron basadas en la ciencia, la democracia y la industria. Luego, en su expansión mitótica en Argentina durante el siglo XIX, la escuela se forjó con los modelos unidireccionales de enseñanza que conciben al estudiantado como figuras pasivas en la aprehensión del conocimiento. El entendimiento del alumno como una tábula rasa donde se imprimen conocimientos preestablecidos y validados por un superior, dominó el siglo. Los docentes fueron formados en el XX, avecinados a la explosión de las webs, pero, enseñan a personas del siglo XXI, auténticos nativos digitales, nacidos y criados entre muros apantallados que derrochan información.

Todo lo que brilla es información.

Esto va mucho más allá de la utilización de herramientas novedosas con luces sensorias, pantallas táctiles y más allá de las sistematizaciones más eficaces que el uso de computadoras en un aula posibilita. Se trata de un cambio en los formas de entender y compartir los saberes que ya vienen imprimidas en las reflexiones de las generaciones jóvenes y que de hecho, deben ser alentadas. Las aulas ya no pueden ser entendidas como espacios homogéneos en las que un mismo método es impartido en el estudiantado por una razón muy simple: el acceso al conocimiento, hoy, está al alcance de la mano, y la posibilidad de construcción de una idea y la repercusión y alcance de la misma está, aunque políticamente privada, disponible en apariencia para todos los internautas.

Pasaron años antes de que los diseñadores de automóviles
aceptaran la idea de que se trataba de autos, no de "carruajes
sin caballo"; las precursoras de las modernas películas
cinematográficas eran obras de teatro representadas en realidad
delante de una cámara, pero como si se estuviera frente a
una audiencia de carne y hueso. Se necesitó una generación
entera para que el nuevo arte de la cinematografía emergiera
como algo totalmente diferente de la mezcla lineal de teatro
más fotografía*.

¿Será esto lo que le está sucediendo a la escuela? ¿Cuánto tiempo pasará hasta que sean arrasados los colegios por la diversidad que el mundo moderno exige? ¿Cuándo nos rendiremos ante la idea de que leer y escribir es una cosa y leer y escribir en la era digital es otra cosa tan distinta que, de hecho, merece un neologismo digno de su potencialidad? Y por otro lado, ¿cómo se enseña a un estudiante a apropiarse de la tecnología, a validar la información, clasificarla, ordenarla, a cuidar su intimidad de las redes, o a contribuir con la comunidad desde ese espacio?
Amigarse con las TIC debería ser un excelente primer paso. Aquí voy...











*Papert, Seymour. Desafío a la mente. Computadoras y
educación, p. 52

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